Cuba

Noticias, notas y artículos sobre Cuba

Colaboraciones

Artículos y ensayos de colaboradores

Correo

Opiniones y cartas del lector

US-Mundo

Noticias y notas sobre Miami, US y el mundo

ei

Artículos y ensayos de Emilio Ichikawa

Inicio » Colaboraciones

Disidencia en Cuba (III): El viejo y el mar

Enviado por en diciembre 25, 2010 – 15:35 pm

Arnaldo M. Fernández

No es justo colgar un sambenito a la disidencia toda ni se puede pasar por alto el heroísmo de Orlando Zapata o de Guillermo Fariñas, la entereza de opositores encarcelados o la abnegación de otros en la calle. Pero hay que advertir que las fallas estructurales de la «disidencia tradicional», condicionadas por la infiltración castrista y agravadas por la fragmentación interna, malogran la oposición política a Castro e inclinan al performance mediático. Johnatan Farrar quedó estupefacto cuando los líderes opositores abundaron en reforma constitucional, papel de las fuerzas armadas y otros temas, que cualquiera puede tratar a distancia, pero al preguntárseles cómo movilizar al pueblo de Cuba en contra de Castro none had a good answer.

Por eso conviene consultar al viejo de la tribu, que ha demostrado saber navegar por las aguas nacionales. Castro el Viejo dejó claro, en su Biografía a dos voces (México: Debate, 2006), que para tumbar su régimen «hay que hacer una revolución, mejor dicho, una contrarrevolución» (página 555). Al replicar a Ivette Leyva, Marta Beatriz Roque alegó también que «no es hora de balances, sino de terminar [con] la dictadura». Esto puede hacerse de forma violenta o pacífica. Lo primero se descarta, porque la oposición se define a sí misma como pacífica. Y para terminar de este modo con la dictadura, desde abajo, que es el lugar de la disidencia, no queda más remedio que ganarse al pueblo.

Farrar notificó ya a Washington algo que muchos sabían en Miami y La Habana, pero pocos quieren aceptar: la «disidencia tradicional» no tiene arrastre en Cuba más allá del cuerpo diplomático y la prensa extranjera. Ni siquiera los solicitantes de visa para entrar a los EE. UU. tienen conciencia de quiénes son los líderes opositores y cuáles sus agendas políticas. Nadie se llame a engaño: se está cometiendo el mismo error de la CIA al planear la invasión por Bahía de Cochinos (1961) sobre la falsa premisa de que animaría al pueblo a rebelarse y a los propios militares castristas, a dar un golpe de Estado. El poder efectivo y legado perdurable del castrismo no es siquiera su Estado totalitario por medio siglo, sino el castrismo que entró en cada cubano, de un modo u otro, para configurar una población más bien conformista.

La tiranía, como aseveró temprano (enero 22, 1959) el propio Castro, «no es un hombre; la tiranía es un sistema». Y si no desaparece «con grupitos de oficiales conspirando o con golpes de Estado», ¿cómo esperar que lo sea por alarde disidente? Ninguno de los líderes opositores tiene, ni por asomo, la base política con que contaron Carlos Lage o Felipe Pérez Roque, Carlos Aldana o Roberto Robaina. Mucho menos el ascendente militar de los generales Ochoa o Abrantes. Y Castro salió de ellos con un soplo. Y todo el mundo bocabajo, bajo esa insoportable pesadez del ser.

Ni Machado ni Batista alcanzaron una década seguida en el poder; Castro pasó ya de cinco. Al parecer llevó a la práctica lo que Alberto Lamar Schweyer había teorizado en Biología de la democracia (La Habana: Minerva, 1927), antes de hurgarse un oído con un palillo de dientes, pinchárselo y morir (1942) de la infección: que entre cubanos la lucha grupal por la supervivencia engendra sin remedio caudillismo y fragilidad de coaliciones. Lamar Schweyer concluyó que la mejor solución era dar con un caudillo que controlara la situación nacional de riesgo. Castro lo hizo manu militari.

-Foto: © Bohemia. El disidente Fidel Castro se dirige al exilio cubano en Nueva York (octubre 28, 1955) para animarlo contra Batista.

-Primera parte

-Segunda parte

Share