La rifa de la muerte
Emilio Ichikawa
Yo recuerdo haber conversado con Lourdes Alonso Alonso y Juan Carlos Bérriz Valle, muy al principio de los ´80, en el murito de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, sobre la muerte por vejez de Fidel Castro. Creo que para nosotros Fidel siempre fue un anciano; un anciano Comandante (donde el prefijo es un eufemismo). De hecho, cuando disparó la campaña por los Círculos de los Abuelos, la gente se preguntaba si él mismo se iba inscribir. Y se le nombraba por analogía El Viejo Jotávitch; y cuando Pedro Luis Ferrer señaló al abuelo Paco, nadie pensaba en otro paquete que Fidel. Para Raúl su hermano mayor podía ser un papá; de ahí para abajo, un abuelongo.
En el jardín laureado de la Facultad se habló nuevamente de muerte aquel domingo en que Fidel Castro, “el abuelo”, indujo a que el Consejo de Estado ratificara la muerte del General Arnaldo Ochoa y otros tres cubanos. “El Fillo va a dejar que todos se embarren y después él mismo se alzará con el perdón”, dijo un listo. “Fidel tiene buen corazón…”, dijo la profesora Carmen Barandela.
Lo dijo La Barandela, que era profesora de Materialismo Histórico, que era una persona responsable, que era una persona buena. Una persona entre todo aquello. Hay testigos (en La Habana y en Miami) de que en su viaje de estudios a la RDA fue reservada, natural en el tema de la pacotilla y resistente a jugar en las máquinas de hacer dinero. Pero se equivocó La Barandela. Se equivocaba… Fidel Castro los envió a los cuatro al paredón más turbio de la historia cubana. Les convirtió en muertos sin atributos: ni siquiera cuentan con un mito, un arte o una crónica; como tienen, por ejemplo, los estudiantes de medicina acribillados en 1871.
Las muertes de los cubanos de la Causa No. 1 de 1989 son muertes asumidas. Apropiadas incluso con orgullo. Soledad Cruz, apelando a Martí, sirvió en la prensa que el árbol que más fuerte crece es el que tiene debajo un muerto. Si son cuatro…
Y también se asumieron por la dirigencia cubana (cierto que no con el desparpajo de los pilotos de los MIGs que las provocaron de hecho) las muertes de los Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996. Igual que los fusilamientos de los tres jóvenes de la raza negra que deseaban salir de Cuba en una lancha.
Lo que pasa ahora con la muerte de Orlando Zapata Tamayo marca una diferencia. Nadie quiere responsabilizarse con ella. El gobierno cubano menos. Por lo pronto ha eximido de responsabilidad al propio fallecido y a sus familiares inmediatos, apuntando decididamente a otros sitios.
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