Una tarde memorable
Carlos Kovacs
Fue en el año 92 ó 93. La crisis social y económica estaba en pleno apogeo. Era la inauguración de los juegos Caribe de la Universidad de la Habana. Ese día en el estadio Abrahantes la cosa prometía. Habría pipas de cerveza, carrito de helados y para terminar Isaac Delgado daría un concierto.
A pesar de no ser estudiante de esa universidad, desfilé en la inauguración con la “delegación” de la facultad de Filosofía e Historia. Me filtré gracias a mi amigo Borito. Iba con un cubo plástico rojo que poseía la excepcional característica de tener tapa. El envase era una reliquia familiar porque mi madre lo usaba para hacer ensaladas frías. Tenía el tamaño perfecto, el material del que estaba hecho no reaccionaba con el vinagre y la dichosa tapa protegía el alimento de las moscas. Nuestra intención no era llenarlo de comida – en aquellos tiempos era un bien muy escaso- sino de cerveza y la tapa mantendría con gas al vital elemento.
De esa manera desfilamos, en las gradas todos se reían porque mi cubo rojo fungió casi como estandarte. Mientras marchábamos hicimos un gesto que recordaba mucho al saludo nazi. Creo que ahora no haría semejante cosa ni bromeando. Después del desfile se sucedieron una serie de acontecimientos que nunca he podido olvidar. “Era el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos…”
Primero fue la cola para entrar al área donde estaban la cerveza, los helados y el salsero. No era precisamente una fila. La festinada idea de controlar el paso de muchos jóvenes sedientos de juerga por una minúscula puerta originó un molote impresionante. Estábamos mi mujer, Ginger y yo. Al mazacote de personas lo contenía una escuálida reja que no tardaría en ceder. Ginger, con su parsimonia habitual, sugirió que quería salir de allí. Bastó con mirar que estábamos en el epicentro de la multitud para echarnos a reír. Aquello era una metáfora de la situación cubana, no iba ni para adelante, ni para atrás, ni para los lados. Finalmente la reja cayó – esto no tiene nada que ver con el problema cubano- y pudimos acceder al espacio prometido. Allí comenzó la “lucha” por la cerveza y el helado.
El carro del helado comenzó a tocar la casi olvidada tonada que lo anunciaba. De pronto y como en la película La máquina del tiempo, todos los morlocks nos abalanzamos sobre el vehículo. La mulata se trepó en mis hombros y gracias a su habilidad física junto con su simpatía pudimos obtener el frío alimento. Nos supo a gloria. Después vino la batalla por la cerveza. Se armó la de San Quintín. Recuerdo a Alain Basail perder momentáneamente sus espejuelos en medio de la lucha. Llevaba mi cubo en una de sus manos. Finalmente se pudo conseguir la cerveza y gracias a mi querido envase hubo que hacer menos veces la cola.
Después todo adquirió una normalidad festiva. Isaac cantaba “loco, que pasa loco” y todos bailábamos. Ichi y el físico, ambos con pergas en sus manos, se movían al son de la canción. Eran la representación del pensamiento aristotélico en sus dos versiones. Todo iba bien hasta que a Borito se lo ocurrió intentar pasar a un lugar que estaba prohibido y vigilado por un agente. El tipo era un negro con impecable guayabera blanca y que medía 3 metros de alto por dos de ancho. Mi amigo se puso belicoso. Él, que quería pasar y el agente, que no. Entre los dos quedé yo como pacificador. Borito le gritaba que no se hiciera el cabrón y el negro impertérrito. Fueron varios segundos en que mi acción se limitaba a gardear a mi amigo. Tal fue su frustración que de pronto me dice “Carleoni, búscame un bloque ahí”. Supongo que pretendía lanzárselo, pero no quería una piedra, un palo, una cabilla, por último un ladrillo, requería de un bloque. Sorprendido, sólo atiné a decirle “Borito, por tu madre, de dónde voy a sacar un bloque” y me empecé a reír. Menos mal que lo convencí de dejar las cosas así y gracias a Dios la sangre no llegó al río.
El resto de la tarde transcurrió entre bailes y mucha cerveza. A pesar de todo lo que afuera acontecía pudimos ser felices. Ya de noche, fuimos a parar al Malecón. Unas canciones de Varela, comentarios sobre la realidad y más risas. El cubo me acompañaba, la cerveza se había calentado y nadie quería más. El contenido lo lancé al mar, la cerveza se diluyó en él. Aunque la amistad perdura, más tarde nuestras existencias también se diluyeron, lejos unas de las otras.
-FOTO: “Socitos y socitas”: archivo de los kovacs

