Música, canción, changüí y política: no es lo mismo ni se goza igual
Emilio Ichikawa
Ayer veía una escena donde Beethoven prometía a Klemens Wenzel (Prince von Metternich), después de hacerle unas críticas en una taberna, compensar el agravio con un oratorio sobre las virtudes del Congreso de Viena y la capacidad de la diplomacia austríaca: “A la que debemos la paz de Europa”.
A pesar de eso, el documento se esforzaba en inscribir al músico en el paradigma de creador independiente, “puro”, conectado antes con el cielo que con los poderes mundanos de la política y el dinero. Y es correcto, porque la teoría que establece la independencia del artista, o mejor su autonomía, es contrafáctica (¿como toda teoría?). Es más una norma, una aspiración moral y filosófica, que un hecho.
Y pensé entonces en todos los atajos que quedan pendientes en la cultura cubana para abordar el polémico tema de las relaciones del arte con la política; particularmente de la música. Es necesario, para empezar, ser más precisos en los términos de la relación: ¿Hablamos de arte, de música o de músicos? ¿De qué tipo de “música”? ¿Sinfónica, popular bailable, campesina, rap, canción…? ¿Entraña ideológicamente lo mismo tensar un arpa que elegir una guijá de caballo para percutir en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC? ¿Cómo se determinaba en el ICRT el arreglo revolucionario del que no lo era?… Formulaciones inagotables. Interesantísimas.
Durante más de un año se ha discutido insistentemente sobre Silvio Rodríguez en los medios cubanos y, por ejemplo, ni siquiera se ha mencionado uno de sus discos; para no hablar de canciones concretas. ¿Qué tipo de política (que la hay) existe en Días y flores que no está en Esto no es una elegía pero que puede reaparecer en Sueño con serpientes? Son ejemplos. Mi hipótesis es que discutir en abstracto temas de la cultura y la historia de Cuba exime a los tertulianos de estudiar responsablemente el asunto; procedimiento que empobrece pero democratiza el debate. Hasta los límites de lo irracional y absurdo.
Nos queda el otro lado de la relación, que también requiere estudio. Cuando referimos aquello con lo que se relaciona o no el arte (o la música): ¿hablamos de política, gobierno o burocracia cultural? ¿Hablamos de la música que le puede convenir al poder o de la canción que le gusta al poderoso? Metternich, por lo pronto, escuchaba a Beethoven, pero, ¿baila Castro changüí?.
-PS: Es curioso: ninguno de los testimoniantes sobre la vida personal de Fidel Castro que ha llegado a Miami se ha referido a sus preferencias musicales. Siendo Cuba una isla afamada por esa zona de la cultura, debiera ser un capítulo preferencial en los testimonios.
-IMAGEN: Portada del LP Días y flores: ela

