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El jelengue de Posada y el avión (7)

Enviado por ei en febrero 3, 2010 – 10:50 am

Arnaldo M. Fernández

El castrismo involucra incluso al escolar sencillo en la «Batalla de Ideas». Su Programa Editorial Libertad para lecturas de niños y adolescentes junta impúdicamente La Edad de Oro (1889) con Pusimos la bomba, ¿y qué? (La Habana: Ciencias Sociales, 1981). Amén de abundar en peripecias de adultos, ese libro de la periodista venezolana Alicia Herrera Escalona parece mero vertimiento, en tosco molde narrativo, del expediente de la inteligencia castrista sobre el crimen de Barbados, incluyendo la ficha criminal del «terrorista número uno», que no es Luis Posada Carriles, sino Orlando Bosch Ávila.

Hasta el título se torna inconsistente, porque Herrera Escalona afirma que los acusados «siempre le hablaron de una bomba puesta en el baño, así como de una que era llevada dentro de una cámara fotográfica», pero esa otra bomba no aparece por ninguna parte en su libro. Y a tono con «la bomba» del título, la autora puntualiza en el texto que el DC-8 de Cubana de Aviación cayó frente a las playas de Barbados cuando «la explosión terminaba de hacer sus estragos».

Puesto que Castro auguró bien temprano (mayo 15, 1960) que el futuro de Cuba tenía que ser «de hombres de ciencia», el Alto Mando parece haberse equivocado en dar batalla con la obra de Herrera antes que con La verdad irrebatible sobre el crimen de Barbados (1986), del teniente coronel Julio Lara Alonso, que indica DOS explosiones dentro del avión.

Herrera Escalona narra que escogió aquel título porque uno de los acusados, Freddy Lugo, le contó que otro, Hernán Ricardo, había gritado en el patio de la prisión, delante de unos soldados y un oficial: «Nosotros pusimos la bomba, ¿y qué?». Siendo periodista, ella debió cumplir esta tarea de cajón: verificar este grito con algunos más que debieron oírlo. Pero se contentó con anotar que Lugo agregó: «De que fuimos nosotros es verdad, o sea, Hernán no está diciendo ninguna mentira».

Así, el libro está lleno de pasajes sospechosos de ocultar, tras la urdimbre del relato, pulsiones propias del agente o informante, que a veces empujan a deslices. Herrera Escalona narra, por ejemplo, que al atravesar con Adriana Delgado Sepúlveda una calle de Caracas, bastante rota por trabajos de construcción del metro, «la chilena mujer de Bosch» habría comentado: «Me recuerdo de un hueco igualito que dejó una bomba que pusimos en el consulado cubano en Ciudad México». Adriana nunca estuvo allí antes de viajar a Venezuela.

Desde luego que Herrera Escalona pudiera redargüir que ella nada inventó, porque así mismo lo dijo la esposa de Bosch, a quien le gustaba «mucho el figurao». Pero eso ya deja de ser periodismo de investigación para transfigurarse en noveleta solariega. Y tras haber escrito que «Bosch se declaraba autor del crimen de Barbados» con este ex abrupto en contra de Hubert Matos: «¡Coño, no es capaz de meterle mano a un avión cargado de comunistas, como yo hice en Barbados y como lo tendré que seguir haciendo!», Herrera Escalona urdió el pasaje pueril en que Adriana recalca que su «marido fue el cerebro del asunto de Barbados, fue quien preparó todo junto con Luis [Posada Carriles] Tú sabes porque él te lo contó la otra vez».

-Ilustración: Elsa Mora, Pérdida de sentido (2001).

-Números anteriores de la serie

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