Alicia la Periodista
Arnaldo M. Fernández
Alicia Coromoto Herrera Escalona dirigía la revista Kena cuando se le ocurrió, «por curiosidad y otras motivaciones», visitar a Freddy Lugo en la prisión de San Carlos (Caracas). Este fotógrafo había trabajado con ella para la revista Páginas y en principio Herrera Escalona concibió una serie de trabajos periodísticos con él sobre la tragedia del DC-8 de Cubana de Aviación en Barbados. A la postre se alzó con el santo de las confesiones de dos acusados [Lugo y Orlando Bosch] y la limosna del grito que otro [Hernán Ricardo] habría proferido en el patio de la cárcel y daría título al libro Pusimos la bomba, ¿y qué? (La Habana, 1981).
Herrera Escalona dice haber tomado conciencia de «que no tenía un simple reportaje en mis manos, que era algo más». Lo mismo pensaron los servicios secretos venezolanos, luego de 3 ó 4 visitas de la periodista a la prisión sin que publicara una línea. Pasaron tres años de visitas y más visitas de Herrera Escalona a Lugo y Orlando Bosch, sin reportar nada, mientras su expediente policial engordaba hasta llegar a 1 500 folios en abril de 1980.
En diálogo con Granma Herrera Escalona aseveró que «quisieron juzgarme por traición a la patria, me descalificaron profesionalmente, me tildaban de espía y enseguida me amenazaron, me llamaban por teléfono y me decían: `Si hablas lo del avión te vamos a matar’. En mi casa de Caracas hay huellas del impacto de bala en una pared. Tuve que salir de Venezuela, fueron 10 años de exilio, pero siento que hice lo correcto».
Aquí hay un rejuego lingüístico con el tiempo que merece aclararse. Herrera Escalona visitó por última vez a Bosch en su celda el sábado 19 de abril de 1980. Y el miércoles 23 se esfumó de Caracas sin haber dado indicio alguno de que hablaría «lo del avión». Vino a reaparecer de súbito el 29 de septiembre, en Ciudad México, para dar «conferencia de prensa» limitada a sendos corresponsales de Unomasuno y Excelsior.
El Consejo de Guerra Permanente acababa de absolver a Posada Carriles y los demás acusados del crimen de Barbados, por sentencia de 865 páginas fundada sobre todo en el informe de los peritos Eric Newton (inglés) y Carlos Fabbri (venezolano): el incidente habría sobrevenido por una explosión de nitroglicerina en el compartimiento trasero de carga, sin haberse determinado de dónde provino la carga, en qué aeropuerto se subió al avión y quiénes estaban involucrados.
Herrera Escalona acusó al presidente venezolano Herrera Campins de manipular el expediente judicial para absolver «a cuatro criminales convictos y confesos». Llamó un tanto la atención que se hubiera abstenido del desiderátum periodístico: revelar enseguida las confesiones de Lugo y Bosch, o a más tardar cuando la Fiscalía militar pidió la absolución (septiembre 17, 1980).
Pero más aún llamó la atención que, la víspera de la última visita a Bosch, el esposo cubano de Herrera Escalona, Raimundo «Titón» Urrechaga, acudiera con su compatriota Noel Betancourt al Centro Comercial Chacaíto (Caracas) para comprar ropas y pacotilla. Urrechaga vendería su auto (septiembre 21) y Alicia el suyo (septiembre 23) antes de abandonar Caracas. Betancourt y su esposa, Olga Rauly, liquidaron también bienes y negocios antes de salir con destino a Europa. Y llegarían a La Habana vía Praga.
De México Herrera Escalona voló a Panamá para repetir su «conferencia de prensa» y al cabo aterrizó en La Habana, donde la editorial Ciencias Sociales publicó su precitado libro. El título en singular guarda estricta correspondencia con esta puntualización de la autora: que el avión cayó cuando «la explosión terminaba de hacer sus estragos». Pero Herrera Escalona se torna inconsistente al afirmar en la Mesa Redonda de la TV cubana (mayo 27, 2005) que los acusados «siempre le hablaron de una bomba puesta en el baño, así como de una que era llevada dentro de una cámara fotográfica». Esa otra bomba no aparece por ninguna parte en su libro.
En Miami, Radio Progreso etiquetó a Herrera Escalona como investigative reporter, a pesar de que en su libro, por solo citar dos ejemplos, atribuye a Bosch haberse infiltrado en Cuba por Sagua la Grande para tirotear a milicianos y a su esposa, Adriana Delgado, haber participado en un bombazo al consulado cubano en Ciudad México.
Estos y otros pasajes del libro son preocupantes. No tanto porque refieran acciones en las cuales hasta Castro sabe que ni Bosch ni su esposa tomaron parte, sino más bien porque incuban la sospecha de que Herrera Escalona cometió errores garrafales hasta en el mero vertimiento, sobre tosco molde narrativo, de datos y resúmenes pasados por la inteligencia castrista. Y sí es así, parece difícil que Cuba o Venezuela se arriesguen a dejarla testificar ante algún tribunal, aunque Herrera Escalona prosiga clamando: «Yo soy testigo, lo repito».
-FOTO: Periodista Alicia Herrera: elr

