Una experiencia trans-iberiana
Por desviaciones estrictamente profesionales, mis primeras experiencias extremeñas comenzaron por el mundo del arte (algo que corregí tan pronto como pude). No fueron, ni por asomo, aventuras originales, sino más bien obvias. Primero fue la invitación del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), en Badajoz. Después, con un día de separación, tuvo lugar mi visita al Museo Vostell, donde me estrené en su conocida colección del Grupo Fluxus. Ambos certificaron mi ingreso en Extremadura y, todavía hoy, no he dejado de visitarlos en cada viaje. En parte, porque aquella gentileza de entonces certificó de algún modo mi entrada en España a una escala desconocida (a mediados de los noventa llevaba pocos años viviendo en Barcelona, ocupado en la supervivencia, y ofrecer una conferencia junto a otros colegas a los que sólo conocía por sus trabajos me daba cierta carta de naturaleza como crítico aceptado en este país). Y en parte, por la contradictoria sensación que me deparan, siempre, esos museos. No hablo sólo de sus colecciones o sus proyectos temporales. Hay algo sobrecogedor en ellos que los llena de misterio. (Más…)


