Prólogo a EVERGLADES de Emilio Ichikawa
Los teóricos de la comunicación han establecido una situación ideal del habla basada en la igualdad de oportunidades de los interlocutores, su experiencia en la interpretación y su disposición a entablar un diálogo; en la práctica, la comunicación es un milagro. Hace trece años, Emilio Ichikawa y yo iniciamos, a la sombra de nuestros maestros, una conversación. Nos vimos en contadas ocasiones del verano y otoño de 1996, y una única vez a solas, una larga tarde en Valencia. Luego, Emilio Ichikawa volvió a Cuba y yo me entregué a esa forma moderna de la sofística que es la enseñanza secundaria. Cruzamos algunas cartas y algunos envíos antes de que se produjera el silencio.
Un día, en el universo infinito de Internet —el entendimiento agente de nuestra época— leí una especie de informe o documento en el que Emilio Ichikawa contaba su estancia en España y el uso que le había dado en Cuba a mi traducción de Persecución y arte de escribir de Leo Strauss. Le pregunté en seguida al editor Pío Serrano cómo podía recuperar un contacto que yo creía perdido. Emilio Ichikawa respondió en seguida y nuestra conversación, a pesar de la distancia, de su exilio, de posiciones ideológicas contrastadas que han ido cambiando y enriqueciéndose mientras tanto, de la reducción de nuestras expectativas, de la frustración de algunas esperanzas, de la amenaza de olvido que pende sobre aspectos tan elementales de la comunicación como la voz o el rostro —que son lo primero que se difumina y que ninguna nueva tecnología puede reproducir con la fidelidad de la memoria—, se ha mantenido y ha incorporado, gracias a la generosidad de Emilio Ichikawa, a interlocutores sin los cuales el mundo en el que vivo tendría otra forma: Carlos Ardavín en San Antonio de Texas, Raúl Miranda en Nueva York, William Navarrete en París, Fabio Murrieta en Valencia. La situación ideal del habla preconiza la igualdad, a diferencia de lo que ocurre en la filosofía, en la que la desigualdad de los que participan en un diálogo es una condición necesaria para la enseñanza. En nuestra conversación, estoy en situación de aprender.
Cuando, a finales de 2005, apareció el primer número de La Torre del Virrey, la revista de Estudios Culturales que Javier Alcoriza y yo fundamos en L’Eliana (Valencia) con la voluntad de iniciar todas las conversaciones posibles, incluía una parte de Everglades. Emilio Ichikawa se había convertido en agrimensor en Florida, una profesión insólita para quien se encontraba, y se encuentra, en el exilio. Es una paradoja que yo hubiera vuelto al mismo tiempo al Campo del Turia, como si el destino quisiera acentuar las diferencias entre nosotros. Para entonces, Javier Alcoriza y yo habíamos traducido Walden. Que Walden o el Campo del Turia formen parte de la mitología esencial de Everglades es algo en lo que no dejo de pensar cuando leo este libro inclasificable. Thoreau exigía del escritor un relato sencillo y sincero de su propia vida, “como el que enviaría a sus parientes desde una tierra lejana”. Si ha vivido sinceramente —añadía Thoreau—, tiene que haber sido en una tierra lejana. ¿Quién podría decir que ha llegado a una tierra de llegada? ¿Dónde descansará el agrimensor? Emilio Ichikawa vive sinceramente. Que Everglades sea el primer título de la Serie Contemporánea del proyecto editorial que ahora empieza es algo más que un acto de justicia poética.
-FOTO: Antonio Lastra, profesor, escritor y editor, a la izquierda con un volumen de La Torre del Virrey, donde primero apareció un fragmento de Everglades: josemariaangel.com


