Contra el intercambio académico y cultural
El dinero del intercambio cultural y académico con Cuba, que se ha reducido a un ejercicio de recepción ideológica, debe ser donado a las áreas de medicina o investigaciones marinas, donde las universidades de Miami son de primera línea. O a los jóvenes investigadores cubanoamericanos para que escriban sobre el Everglades, o al equipo de pelota de Sergito, o a la Liga contra el Cáncer o, incluso, a algún mediocre director de teatro que va a Cuba a curarse sus achaques y no a las clínicas de Chicago, a las que asisten los cubanos ricos. Sean castristas o no.
Si me falta un dato sobre el poeta Manzano sé a quien escribir un e-mail en Cuba preguntándole; o se lo pregunto a Jambrina o Quiroga, en Iowa o Emory, que son eruditos, sin tener que cabildearle mil dólares a Román de la Campa, o a la buena de Ana María López o a mi respetado profesor Lisandro Pérez para ir a La Habana. O invitar a gente tan chévere como incompetente, como el Dr. Torres Cuevas, que no visita archivos, ni es aceptado como historiador por la severa y sectaria Escuela de Historia de Cuba porque su obra está compuesta básicamente por co-autorías y antologías. Yo puedo hablar críticamente de su Antología de pensamiento medieval, y mi amiga matancera Sorangel puede atestiguar que son suyos (es su Tesis de grado) los datos primarios de un libro sobre la Masonería en Cuba que firma el Dr. Torres Cuevas.
El intercambio que vale es este que se ve en la foto: un pintor de Bauta y otro de Miami, unidos por la amistad y el arte. Un viaje de intercambio ejemplar, sin gastar un centavo de este pueblo en crisis. Ese, el sin alarde, es el futuro que me gusta de Cuba. Muchas gracias a Denis y Peco por continuar lo que con tanto amor inciamos en el barrio. Todos a Cuba. Todos a Miami. Con el dinero nuestro.
-NOTA: Mi tesis universitaria, debo aclararlo otra vez, no fue en filosofía (yo no soy filósofo; filósofos son genios como Antonio Lastra o Jorge Gracia) sino en “Sociología de la Ciencia”. Como soy marxista por formación, creo que los visados a una comunidad científica no se ganan (solo) por conocimiento o publicaciones, sino por un sistema de rituales y lealtades que hay que satisfacer. He dicho más de una vez que ese ejercicio puede ser arbitrario; pero es lo que es. Fíjense en este dato curioso, y muchos pensarán que injusto: aunque hace años que Iván de la Nuez no publica en el ámbito estrictamente historiográfico, la Escuela de Historia de Cuba (una mafia epistémica, en el mejor sentido) lo acepta como uno de los suyos. El mismo Reinaldo de la Fuente (amigo querido), quien ganara una oposión a De la Nuez en la Cátedra de Historia de América de la UH (este es de los capítulos más sonados de mi generación), no cesa de reconocer, cada vez que tiene la oportunidad, que “Iván es uno de nuestros más grandes historiadores”. Sin embargo, ni el Dr. Rafael Rojas ni el Dr. Eduardo Torres Cuevas tienen el pasaporte acuñado para ese grupo. Hay varias razones para la exclusión, pero ese es un tema aparte.


