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¿Literatura postnacional?

Enviado por en noviembre 21, 2009 – 22:08 pm

200710114878José  Prats Sariol

A la vera del nuevo milenio se observa el recrudecimiento de la literatura postnacional. El fenómeno que hace alrededor de dos décadas se leía en alguna novela, cuento, obra teatral o poema, sobre todo entre los escritores cubanos residentes fuera del archipiélago, ahora parece la flecha clave.

Intentaré  enunciar el tema, desde el lugar común de que serán las obras específicas las que por su campo de resonancias determinarán el auge de lo que ya es más que una moda, más que un Crack mexicano de hace varios lustros.

Quizás el primer escritor notable en advertirlo fue Mario Vargas Llosa. Otros enseguida lo atacaron, coincidieron o se abstuvieron con escepticismos, como si el nacionalismo no formara parte de nuestra sección de obsoletos, de un virus politiquero, casi siempre caudillista y demagogo, que equivocadamente situábamos en el pasado.

Se advertía entonces, al borde de un nuevo siglo de la Era Cristiana, que las peculiaridades locales o regionales se borraban en las urbes o macrópolis. Un limeño estaba más cerca de un barcelonés, caraqueño o montevideano, que de un coterráneo de provincia. Sólo nos unía la lengua, el español que ya dejó de ser castellano.

Hoy, tras el auge internáutico, ni siquiera eso. El escritor puede estar en un pequeño pueblo del delta amazónico y casi consumir los mismos productos culturales, el mismo día y a la misma hora, que un madrileño o bonaerense. Claro, si tiene un trabajo digno y un salario cercano al costo de la vida.

Como se sabe, la magia de Internet, tan temida por los poderes totalitarios, ha logrado más acceso a la cultura, más formas de libertad de expresión, que la UNESCO o la ONU. Su expansión enorgullece nuestra época, sigue abriendo zonas insólitas de comunicación. También de expresión artística multidisplinaria, como ocurre con los poemas interactivos y las novelas a “armar” en un juego de posibilidades.

Pero lamentablemente, a pesar de predicciones optimistas tras la caída hace veinte años del Muro de Berlín, las realidades políticas latinoamericanas no han cambiado en lo esencial. Incluso fenómenos que parecían enterrados boca abajo, han brotado de nuevo, como si se tratara de malas hierbas indestructibles.

Quizás la primera sugerencia es que una de las causas no ya de situar a los personajes o al texto en otra geografía, sino la misma plasmación como si no fuera un autor de nuestras tierras, está en el pesimismo hacia las realidades nacionales. No son sólo adelantos tecnológicos los causantes de la moda postnacional. Tampoco, mecánicamente, que se hayan agotado las variantes expresivas del realismo, de la catarsis psicológica individual o de las referencias localistas de corte autobiográfico. Hay algo más.

Hay un asco visceral hacia lo que nos rodea, ya sea por las bochornosas y abismales desigualdades económicas, ya por la corrupción de políticos y burocracias, ya por el entierro de las utopías mesiánicas, por lo general caudillistas o en el camino a convertirse en satrapías, como es el caso de Chávez en Venezuela. La demagogia da deseos de vomitar. Y no hay asideros –por suerte–  que sustituyan las creencias de antaño en alguna ideología salvadora.

En la supuesta “América nuestra”, del río Bravo hasta la Patagonia, con o sin las ilusiones martianas desde Nueva York, un solo dato nos estremece: la región gasta 60,000 millones de dólares anuales en sus ejércitos y armas

Mientras tanto, en la Cuba de los Castro la ruina se ha convertido en una especie de draga que mastica las antiguas vitrinas “revolucionarias” de la educación y la salud, elimina las gratuidades… El gobierno huye del mismo paternalismo que impuso.

Por una u otra razón –sin excluir las ontológicas– se recrudece el movimiento postnacional, las formulaciones acerca de sus peculiaridades, la definición de poéticas autorales sin un referente criollo, ni siquiera hispano.

No estoy insinuando un nuevo ropaje del arte por el arte, aunque pueden haber disfraces elusivos en la moda, sino informando un fenómeno cuyas prácticas, de hecho, se alejan del “intelectual orgánico”, del “compromiso”, de la “denuncia” y el “testimonio”. Gramsci parece tan extraño como un gnomo, tan adornado como un retrato de Archimboldo, tan extemporáneo como un personaje de Bradbury.

Además, en nuestro caso, ni el espíritu desiderativo de Cintio Vitier pudo precisar mucho de Lo cubano en la poesía. Hoy a nadie se le ocurriría la idea de intentarlo, mucho menos de vincular la indagación a algún credo político, a alguna zona nacional o del exilio, a una lexicografía antillana o un ritmo caribeño. Y no es que no haya ciertos sesgos peculiares, sino que cada vez valen menos, bajo la certeza no tan nueva –Platón en la República– de que para nada otorgan méritos artísticos.

Hubo hasta la curiosidad que de pronto las “autoridades oficiales” fomentaron obras –contra la estética marxista– cuyo motivo temático se alejara de lo “social”, no tratara de “denunciar” o “influir”. Es el momento del derrumbe del comunismo real. Sabían que nadie le cantaría a la “revolución”. La astucia se tragó los “principios”. Poemas a lo Heberto Padilla o Raúl Rivero no, nada valían artísticamente.

Esa fue la consigna, con el apoyo, por cierto, de ciertos críticos literarios, que confundieron una tendencia estilística, el anticoloquialismo, con el fin de la censura. El ensimismamiento y Lezama –por decirlo rápido—con un quiebre en el cielo ideológico del Palacio de la Revolución (sic).

Sin embargo, todavía la tendencia postnacional, al menos la de autores cubanos, no ha producido una novela como aquel clásico del modernismo: La gloria de don Ramiro, del uruguayo Enrique Larreta, cuya acción se desarrolla en la España barroca. Tampoco hay una obra teatral o colección de cuentos lo suficientemente relevante. Donde se observa un mejor panorama es en cuadernos de poemas, pero es lógico, siempre ha sido el género menos “nacionalista”, con sus equívocos colgando desde el primer verso.

¿Ultranacionalismo como reacción? Tal vez… ¿No suele ocurrir en política y en arte que el pretérito se convierte en presente histórico? Parece, sin embargo, que sobrevendrán estéticas y poéticas caracterizadas por un todo vale.

El tema tiene varios ángulos. Apenas lo enuncio para incitar a la investigación y al diálogo crítico. Lo más importante quizás sea que las evidencias tienden a no vincular el postnacionalismo con el apoliticismo. Poemas y cuentos aislados llevan la delantera. Pronto vendrán en otros géneros, sin vestigios de la patria romántica. La aldea global –basta abrir un blog– es algo más que una infeliz paradoja.

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