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1981: Informe sobre la situación de la Iglesia en Cuba (Parte I)

Enviado por ei en junio 15, 2009 – 0:01 am
P. Froilán Domínguez
Cuando se estaba efectuando el éxodo de cubanos a través del Mariel, un párroco fue citado a las Oficinas del Ministerio del Interior de su pueblo para las 8 de la mañana del día siguiente. Llamó por teléfono a su Obispo, y, entre bromas y contraseñas averiguaba si algo había sucedido.
El Obispo nada sabía. A las 8 de la mañana, el párroco se presentó en las Oficinas del Ministerio del Interior. Le atendió una secretaria. Presentó la citación. Oficinas de este tipo eran las que procesaban la salida de cubanos por el Mariel. Como es normal, el sacerdote vestía de paisano y de manera sencilla. Le hicieron las preguntas que parecían de rigor: ¿Ha estado Usted preso? ¿Es homosexual? ¿Es proxeneta? ¿Ha estado relacionado con robos o escándalos públicos? Ante las respuestas negativas, la secretaria preguntó de nuevo: Entonces, ¿quién es Usted y a qué se dedica? “Soy el cura en este pueblo./Ah! debe ser un error, vuelva mañana”. Al día siguiente le dieron nuevas excusas y todo terminó.
¿A que se debe esta equivocación? ¿Por qué un sacerdote es citado al Ministerio del Interior en tales circunstancias? El Ministerio del Interior tiene muchos departamentos. Uno de ellos es el Departamento de Lacras y Prevención Social que se ocupa de prevenir y combatir las lacras sociales. Tienen una larga relación de alcohólicos, homosexuales, prostitutas, proxenetas; drogadictos, contrabandistas. En esa lista están también los sacerdotes y Obispos de la Isla. Cuando a nivel local o provincial hay que discutir algún asunto relacionado con la religión, son funcionarios de este departamento los que atienden el caso. En una ocasión, en el año 1964, me avisaron que una catequista había sido detenida y me presenté en el Ministerio del Interior para conocer del asunto. Entonces supe que existía este departamento y cuál era una de sus funciones. Me explicaron que la catequista había sido “sorprendida” llevando niños desde la casa de sus padres hasta el templo. Esa actividad estaba prohibida según el Código de Defensa y Prevención Social de 1880 que prohíbe el proselitismo religioso y sólo los padres de los niños estaban autorizados para llevarlos a la catequesis.

Ese año de 1964 comenzó lo que aparentemente era una nueva estrategia con respecto a la fe y a la religión dentro del marco de cambios más profundos en la vida nacional. Los años de 1964 a 1968 fueron los años de la militarización de la economía, la agricultura, y el comercio. La mayoría de los ministros y altos funcionarios del gobierno fueron nombrados mirando a sus méritos como combatientes durante la lucha revolucionaria y se dio prioridad absoluta a la ideología. El 26 de Julio de 1965, celebrado en Santa Clara, Castro estableció un principio ideológico como fundamental: Prefiero, dijo, el revolucionario no-técnico al técnico no revolucionario. Este enunciado iba a ser la fuente de un sin numero de discriminaciones ideológicas de tipo muy variado incluyendo las discriminaciones par razón de la fe o la religión.
Fueron los años de la institucionalización del poder político con la creación del Partido Comunista de Cuba a todos los niveles y de la nueva dimensión ideológica de la revolución que declaraba su compromiso internacionalista enviando al Che Guevara a Bolivia. De ahora en adelante, sólo el comunista es un auténtico revolucionario y goza del derecho de gobernar el país en nombre de los trabajadores. Cualquier persona que acepte estos principios tiene acceso a pertenecer a las nuevas instituciones mediante la integración a un complejo proceso ideológico, muy definido por etapas, y cuya máxima expresión es la pertenencia al Partido. La fe o la práctica religiosa aparecen ahora como una desviaci6n ideológica grave. Ser creyente equivale a ser contrarrevolucionario. Y como un signo, en una Semana Santa, en medio de un despliegue de publicidad, el Padre Miguel Ángel Loredo es arrestado y condenado como contrarrevolucionario.
Al cubano se le plantean ahora las interrogantes de antes pero de forma más profunda. ¿Puede alguien trabajar, estudiar, ejercer una profesión u oficio sin estar comprometido con la Revolución? ¿Qué tipo de actividades laborales, comerciales, sociales, deportivas, culturales puede realizar sin tener una integración pública y activa en el proceso revolucionario? ¿Puede alguien mantener sus criterios, escalas de valores y conducta de vida sin ser acusado de “diversionista” o contra revolucionario? ¿Se puede predecir las consecuencias de esta toma de postura, viviendo sin traicionar la conciencia?
Para los creyentes van surgiendo además otros interrogantes: ¿podré ser aceptado en mi centro de trabajo como alguien digno de confianza, a pesar de ser creyente, y sin ser discriminado? ¿Podrá mi hijo permanecer como creyente y obtener una beca, trabajar en el futuro, sin perder su identidad como cristiano?.
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