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Historia y estilo (XXVI)

Enviado por en mayo 21, 2009 – 0:01 am
Arnaldo Fernández
Cincuenta años de castrismo fuerzan a preguntar qué lecciones pueden sacarse del advenimiento de la República (mayo 20, 1902) para la Cuba de mañana. Nadie se llame a engaño: ninguna re-lectura o re-escritura del ayer animará hoy la transición hacia la democracia política y la economía racional dentro de la Isla.

La transición misma es el infortunado consuelo en subsidio de alternativas políticas plausibles frente a la dictadura de Castro. Cada cual tiene su plan para el día después, pero nadie atina a inducir el día antes. Y el «problema cubano» no es de transición, sino de injerto y comienzo, porque el castrismo hizo tabula rasa, perduró demasiado y, entretanto, la mayoría de la gente perdió la vida o la memoria.

La vindicación de Cuba no se puede concebir ya como volver atrás para coger impulso. Ni Martí, la República o su Constitución de 1940 servirán como faroles mitológicos para alumbrar el camino hacia delante a un pueblo tan desencantado.

Historia y evolución
Quizás la enseñanza del 20 de mayo de 1902 estriba en el sentido común de atenerse a las circunstancias. Es muy fácil despachar la República como «mediatizada», por haberse empacado constitucionalmente con la Enmienda Platt, sin prestar atención a que, en política, nadie puede saltar fuera de su época.

Los cubanos erigieron aquella república en medio del auge imperial de Occidente, que por entonces ejercía dominación más férrea sobre los países africanos y asiáticos que los Estados Unidos sobre Cuba. Los Protocolos Boxer (1901) impuestos a China, por ejemplo, sobrepujaron con creces al apéndice plattista de la Constitución cubana de 1901. Ni qué decir de la intervención estadounidense en otros lugares. Filipinas vino a lograr autonomía hacia 1934, cuando Cuba se desembarazaba de la Enmienda Platt.

Para no correr el riesgo de ocupación militar indefinida o colapsar como las repúblicas boers en África del Sur, la mejor opción de los cubanos era montar primero el Estado nacional y maniobrar después con astucia hasta derogar la Enmienda Platt. Juan Gualberto Gómez resumió así esa lógica evolucionista: «La era de las revoluciones sangrientas debe darse por terminada, [aunque] hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada» («La revolución del 95», El Fígaro, mayo 20 de 1902). La evolución republicana se malogró por entre guerritas civiles en los gobiernos sucesivos de Estrada Palma (1906), José Miguel Gómez (1912), Mario García Menocal (1917) y José Miguel Zayas (1923). No podía menos que estallar otra revolución sangrienta (1933) para derrocar a Gerardo Machado, más populista que el tiburón José Miguel y más caudillo que éste y el mayoral García Menocal juntos.

La revolución inconclusa
Aquella revolución se fue «a bolina» y sentó la leyenda de otra «inconclusa» que, según Rafael García Bárcena, ninguno de los partidos políticos tradicionales podía retomar («La frustración revolucionaria», Bohemia, mayo 16 de 1948). Fulgencio Batista tuvo así sendas oportunidades (en 1934 y 1952), de capitalizar su fina percepción del poder quebrantado. Y Fidel Castro no vacilaría en aprovechar la única que se le presentó.

Luego de haber ensalzado la República en el panfleto La historia me absolverá (1954), para contraponerse a Batista, Castro se atrevió a despacharla sin contemplaciones en zafarrancho de combate: «Discursos, chambelonas, congas, mentiras, componendas, engaños, traiciones, enriquecimiento indebido…» (Manifiesto del 26 de Julio al Pueblo de Cuba, agosto 8, 1955). Y a poco ganar su primera guerra civil, Castro sería considerado por el mismísimo Diario de la Marina como «hijo espiritual de José Martí [y] fruto de nuestra historia, que siempre fue heroica» (enero 5 de 1959, página 4-A).

No vale la pena el divertimento de imaginar qué hubiera pasado si… Ni remplazar mitos del castrismo con otros que forjen cierto «eslabón perdido» entre República y Revolución. Nadie podrá agarrarlo para tirar de la cadena de eventos que Castro consiguió retorcer, apretando a su antojo clavijas de lo cubano.

Lo cubano en la política
Ana Cairo Ballester (Universidad de La Habana) escribió que para fundar la República se escogió «un día carente de referencias», pero el historiador cubano Sergio López Rivero (Universidad de Valencia) aclara que la fecha se fijó deliberadamente al día siguiente de conmemorarse la caída del Apóstol, para dar el paso tan chévere de muerte de Martí y resurrección de su república. No en balde la segunda intervención americana siguió ese tumbao y concluyó el 28 de enero de 1909: tras el natalicio de Martí, renació su república.

Martí había sido canonizado ya por el exilio cubano-americano. El 19 de mayo de 1902 fue día de recogimiento, con banderas a media asta y crespones de luto, ofrendas florales y veladas solemnes. A medianoche sobrevino la transición a las «Fiestas de la República», que duraron hasta bien entrada la madrugada. A favor del jolgorio, el general Leonardo Word había ordenado que 20 y 21 fueran feriados. Para marzo 18 de 1903, Estrada Palma decretaba que el 20 de mayo era «fiesta nacional», junto al 10 de octubre y el 24 de febrero.

Desde que principió su revolución, Castro pulsó esta clavija simbólica. Tras el malogrado asalto (julio 26, 1953) a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo instruyó por carta (Presidio Nacional, diciembre 22, 1953): «Todos los días 26, fiestas; todos los 27, duelos…». Una vez en el poder canceló el 20 de mayo como día feriado y de conmemoración nacional (Ley 1120, julio 19 de 1963).

Otra clavija de lo cubano que Castro pulsó para subyugar al imaginario popular fue su «Caravana de la Libertad». A tal efecto no tenía que copiar a Mussolini, como suele decirse, sino a Estrada Palma. Como presidente electo (diciembre 31, 1901) entró a la Isla por Gibara (abril 20, 1902) y pasó en caravana por Holguín (donde había guardado prisión en la Guerra de los Diez Años), Bayamo (para inhumar los restos de su madre) y Santiago de Cuba (donde visitó las tumbas de Martí y otros patriotas). Aquí embarcó hacia Cienfuegos y de ahí continuó a Santa Clara, para embarcarse de nuevo, al norte de Las Villas, rumbo a La Habana, adonde arribó (mayo 11) tras escala en Cárdenas.

Coda
Al cabo Cuba no fue ni la república moral de Martí (Manifiesto de Montecristi, 1895) ni el enigma que planteó Jorge Mañach (La nación y la formación histórica, 1944) ni la construcción social que urdió Castro (La historia me absolverá, 1954). No queremos potencias celestiales, sino presencias terrenales, precisó Virgilio Piñera (La isla en peso, 1934) y desacreditó de paso esa propensión a fraguar identidades colectivas sobre la base de una u otra entelequia, como la República, su Constitución de 1940 o el legado de Martí. A estas alturas el orgullo nacional tiene que pasar primero por la vergüenza del nacionalismo barato y la patriotería descarada.

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FOTO: On May 20, 1902, crowds gather in Havana to watch the Cuban flag raised over Morro Castle. historyofcuba.com

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