Amir Valle
Nos hicieron ciegos. O quizás, desde el mismo vientre de nuestros revolucionarios padres, ya traíamos el virus: Cuba era el mismísimo centro del universo y salir de él era, cuando menos, una riesgosa Odisea que llegaba a tener en la mayoría de los casos un destino similar a la muerte. La muerte de un amigo, casi siempre, te suele empujar a esas reflexiones. Y tal vez por eso, cuando desde La Habana un email de la escritora Virgen Gutiérrez anunciaba el fallecimiento del editor Emilio Hernández Valdés, me vi plantado de regreso a esa tarde en que el frío berlinés nos infló el gorrión y decidimos llamar a nuestro amigo Emilio, de contrato por esos días en Santo Domingo, la capital de un país que está en el mismo Caribe que Cuba, que es también una isla, que sufre incluso con los mismos ciclones pero (y aquí el “pero” es importante) que pertenece a ese mítico y anhelado mundo que los cubanos llamamos “Extranjia”.
Hasta aquí nada significativo en esta anécdota. Pero existen detalles: Emilio Hernández es uno de los editores más respetados en Cuba, creador y editor de muchos de los proyectos literarios y libros del Centro Pablo de la Torriente Brau, de La Habana Vieja, colaborador de otras muy importantes instituciones, revistas y universidades vinculadas al actual panorama cultural de la isla, para sólo hablar de sus últimas contribuciones sin referirnos a una larguísima trayectoria intelectual que iniciara allá, en aquellos tristísimos años en que, como muchos otros, sufrió el doctrinario yugo que se les aplicó a quienes tenían tendencias sexuales consideradas “atentatorias contra la formación del Hombre Nuevo”.
Otro detalle da un sentido otro a la anécdota inicial: un hombre con tanto prestigio, con tanto mérito intelectual, cuyos servicios y experiencia era solicitado por los más prestigiosos centros culturales de la isla, sólo a sus 66 años pudo realizar el sueño de conocer otro país de ese mundo “ancho y ajeno” que él conocía como la palma de su mano a través de los libros.
“¡Me han robado 40 años, Amir!”, me dijo, cabrón y eufórico, esperanzado con la idea de que “aunque ya sea un viejo puedo hacer las cosas que quiero, vivir mis propios sueños, con mis riesgos”. Se sentía engañado; descubrió que lo habían humillado durante cuatro décadas; le dolía saber que sus mejores tiempos como profesional los había tirado por la borda de una nave que los pilotos hacían navegar por las inquietas pero convenientes corrientes de la mentira. Y no en la riquísima Alemania, no en la próspera Inglaterra, no en Estados Unidos, ni en el modernísimo Japón, sino en República Dominicana, uno de los países más pobres de América Latina (donde, según datos oficiales recientes más del 60 por ciento de la población vive en la pobreza y más del 20, en la total miseria) vino a descubrir todo lo que habían robado a su vida como ser humano y como intelectual.
¿Cómo es posible que un hombre inteligentísimo, sagaz, de juicios muy profundos cuando se trataba de valorar la realidad social de Cuba, saliera del “Paraíso” y descubriera, sólo en su sexta década de vida, que le habían robado todos sus sueños haciéndole perder sus años en aras de una lobuna mentira disfrazada de oveja proletaria y humanista? Responder esa pregunta lleva a derroteros realmente estremecedores sobre la realidad de nuestra isla.
La historia sigue: desde Estados Unidos, los escritores Michael H. Miranda, Carlos Manuel Pérez Ávalos y Asley Mármol; desde Canadá el poeta y narrador Osmany Oduardo; desde España el narrador Osvaldo Antonio Ramírez; desde Alemania la poeta, narradora y cineasta Elvira Rodríguez Puerto; desde Australia el jovencísimo dramaturgo Hanoi Rodríguez; desde Inglaterra el narrador y periodista Ivan Darias; desde Suecia el cuentista Miguel Ángel Fraga; de las tres últimas promociones de escritores cubanos, me han contado descubrimientos y desilusiones similares, por suerte, todos con destinos menos trágicos que el de mi amigo Emilio.
Nos hicieron ciegos. Y, todavía con igual fortuna, quienes nos cegaron (o lo intentaron con suerte durante algún tiempo), siguen empleando esa técnica fascista de inocular una mentira para hacer creer una verdad conveniente: los escritores que surgen hoy en la isla siguen creyendo el discurso oficial de que cualquier salida definitiva de la isla significa pérdida de raíces y, por ello, de la cubanidad necesaria para hacer una literatura genuina; reciben inyecciones diarias de que, si viajan, no deben contaminarse con las tendencias que habitan el mundo del libro fuera de Cuba, porque su literatura perdería originalidad y pureza; y (según leo en mensajes recientes de quienes fueron mis alumnos en talleres literarios cuando yo no había venido a dar con mis huesos a Berlín) creen que salir de Cuba es, para un escritor, la muerte literaria.
Otro querido amigo, el narrador Carlos Victoria, un año antes de su muerte, me escribía en un mensaje: “si algún día se suma todo lo que nos han robado intelectualmente, todas las frustraciones personales que hemos vivido, todas las vidas aplastadas, todos los desarraigos, traiciones, violaciones, querido Amir, se descubrirá que aquello no es para nada ese Edén que sólo es comprado hoy por todos esos muchos espíritus ciegos que vagan por este mundo”. El editor Emilio Hernández Valdés, estoy seguro, murió pensando lo mismo.
(Amir Valle, Berlín, 7 de marzo de 2009)
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FOTO: Amir Valle. De: donostiakultura.com