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El color de la fortuna

Enviado por en marzo 18, 2009 – 0:01 am
Arnaldo Fernández

La noticia corrió la semana pasada con inevitable ronda de especulaciones adicionales. La otrora imbatible empresa Miami Herald Media Company anunció su tercera ola de despidos y recortes salariales, que redundará en la eliminación de 175 plazas en los periódicos The Miami Herald y El Nuevo Herald, con tajazos adicionales de entre el 5 y el 10 por ciento en los sueldos de quienes siguen empleados y otras medidas restrictivas.

Más allá de la maledicencia, las vendettas antiheráldicas y las guerritas personales de algunos homúnculos locales, la decisión impuesta por el consorcio periodístico McClatchy (Sacramento, California) merece indagar a fondo el mercado del sur de la Florida, gobernado por una pujante presencia hispana y uso masivo del español.

¿Tiene la dirección empresarial una estrategia para diferenciar y premiar el desempeño específico de los 32 periódicos de su propiedad? ¿Es justo meter en el mismo saco a periódicos de influencia y tradición tan diferentes como Anchorage Daily News (Alaska), Idaho Stateman y los Herald miamenses? ¿Por qué pasar el mismo rasero a El Nuevo Herald, que mantiene su peculiar rendimiento financiero incluso en medio de la debacle económica?

La realidad es que McClatchy está en bancarrota y arrastra una deuda superior a los dos mil millones de dólares. En medio de la crisis general de la industria editorial, las maniobras de la empresa matriz no han sido más que analgésicos y curitas para ir aplazando el descalabro final. Son malos tiempos para salir del paso vendiendo publicaciones que han perdido valor y continúan perdiéndolo con la devaluación de la prensa impresa. Las iniciativas deben ser mucho más audaces, profesionalmente significativas e impactantes en la audiencia para nadar hasta la orilla de la salvación financiera.

En el caso de los Herald, la falta de visión de los ejecutivos de McClatchy es cada vez más evidente. Han jugado al valor del real estate de la propiedad frente a la bahía para atraer a compradores potenciales, mientras negocian el jugoso contrato de los parqueos, que vence el 31 de diciembre. Han intentado ofrecer la “joya de la corona” de Miami como indivisible conglomerado a los inversionistas. Han cortado y recortado personal para lucir más eficientes a los ojos de Wall Street. Pero se han olvidado de proteger el profesionalismo, liberar las potencias empresariales de los periódicos miamenses por separado y, sobre todo, resguardar los nichos de éxito y rentabilidad que aún identifican un proyecto mediático tan singular como El Nuevo Herald.

Ningún periódico de la cadena McClatchy tiene índices de suscripciones, ventas y eficiencia financiera como El Nuevo Herald, que mantiene tasas de ganancias superiores al 25%, aún en medio del vendaval económico del pasado año, con plantilla que no rebasa los 60 empleados y presupuesto de poco más de un millón de dólares. Las más recientes estadísticas de la página digital, rediseñada hace poco, muestran incremento sostenido del 40%, con más de 10 millones de impactos y unos 600 mil usuarios en febrero.

Entonces, ¿de qué se trata? ¿Castigar a la empresa rentable? ¿Anular aún más las opciones profesionales y cortar las vías de sobrevivencia a la única publicación financieramente saludable? ¿Someter El Nuevo Herald al esquema de funcionamiento de The Miami Herald, que ha perdido suscriptores y lectores de manera incesante en los últimos tres años?

De acuerdo con el procedimiento del presidente de Miami Herald Media Co., David Landsberg, rodarán proporcionalmente las cabezas en los periódicos hispano y anglo, es decir: El Nuevo Herald perderá dos reporteros locales (apenas quedan cinco), uno de espectáculos, un fotógrafo, el administrador, el técnico de sistemas computarizados y dos secretarias de larga experiencia, que pasarán a retiro forzoso.

No se descartan otras salidas, como el jefe de Redacción, Benigno Dou, y debe añadirse que el diario lleva más de un año sin jefe de Información, función que viene ejerciendo a media máquina el reportero Wilfredo Cancio Isla. Ante este desolador panorama es comprensible que la dirección de El Nuevo Herald haya tirado la toalla, por su renuencia a aceptar el desmantelamiento del periódico.

Su director, Humberto Castelló, anunciará antes de una semana su renuncia y el subdirector, Tony Espetia, se mantendrá hasta principios de junio, con el propósito de facilitar la transición (¡?), que incluye mudar las operaciones de El Nuevo Herald al quinto piso del edificio. Desde luego que la empresa debe tener ya al sucesor designado.

Y aquí viene la verdadera clave de esta movida, por encima de los recortes de plantilla y dineros. Los cuarenta y pico empleados sobrevivientes del periódico hispano pasarán a trabajar junto a sus «primos» (como le dijo el ex editor Tom Fiedler al ex canciller cubano Felipe Pérez Roque en La Habana años atrás), del diario anglo.

¿Qué significa realmente esto? Sin reporteros de noticias locales, con reducidas opciones de producción original, El Nuevo Herald perderá tanto autonomía profesional como personalidad editorial. Lo que nos espera es cada vez más traducciones de los reporteros de The Miami Herald y muchos refritos de agencias de noticias, menos firmas propias y más artículos de otras publicaciones en español, ya sea de los Estados Unidos o de América Latina.

Es muy difícil explicarse las razones por las cuales la empresa Knight-Ridder, en el momento de máximo esplendor y ganancia en ambos periódicos, nunca permitió el crecimiento de El Nuevo Herald ante el alza demográfica continua de la comunidad hispana y descartó una edición de carácter nacional. También resulta inexplicable este desmantelamiento a ciegas, como si los ejecutivos de McClatchy viraran sus espaldas a una de las pocas operaciones rentables del consorcio periodístico que administran.

Quizás haya otras hipótesis latentes, como la sub-valoración de la cultura hispana, el desprecio a la comunidad de habla española y los rezagos de la tesitura arrogante con tintes inocultables de racismo.

No soy un apologista de los contenidos periodísticos ni de la línea editorial de El Nuevo Herald. Por el contrario, he criticado mucho a este periódico en la serie «Los Heraldos Negros» (Enepecé). Pero no puedo perder de vista el espacio y el significado cultural de esa publicación en el sur de la Florida y en el universo latinoamericano. Ojalá que los “ejecutivos visionarios” que han tomado semejantes decisiones no terminen cumpliendo la voluntad de los viejos y acérrimos antagonistas de El Nuevo Herald: eliminarlo del panorama noticioso de Miami. Ya sabemos por qué.

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FOTO: upload.wikimedia.org
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