Austeridad: sin caja de resonancia
Y aquí es donde empieza a jugar su rol la filosofía, el sistema de valores, el espíritu o, como decían los marxistas heterodoxos, la cosmovisión: ¿en qué contexto, en qué caja de resonancia el Presidente Barack Obama va a verter su llamado a la humildad, a la modestia o, incluso, esas medidas concretas sobre el salario de los funcionarios y las regalías de los lobbistas? Probablemente, en el común resentimiento: “Sí, que empiece por arriba que son los que no padecen la crisis”. O en una falsa solidaridad: “Si vamos a jodernos, vamos a jodernos todos.” O la mayoría. Diga lo que diga Obama, la humildad no tiene prestigio social en América. Este país no está fundado en los principios de un Templo Oriental sino en la competencia y, aún más, en la exhibición de esa competencia. De los resultados de esa competencia. Los (micro) ambientes cubanos (la academia, los deportistas, los católicos, los pintores…), a pesar de toda la prédica sacrificial de la Revolución de 1959, comparten los mismos códigos que América; por tanto, un llamado a la humildad es peor que el cinismo consumista: es el consumismo con hipocresía. Las comunidades cubanas no son cámaras de Shaolín donde se vive por un ideal, son más bien vitrinas donde los maniquíes de carne y hueso tratan de “quedar bien”, intentan ser “bien vistos”. Así que, lo repito, el problema no es la austeridad en sí; el lío está en que no hay caja de resonancia para ella y, cuando esto sucede, el único camino que queda es convertirla en una austeridad impuesta; por una instancia política o de nuevo por el mercado. 
