Cuba

Noticias, notas y artículos sobre Cuba

Colaboraciones

Artículos y ensayos de colaboradores

Correo

Opiniones y cartas del lector

US-Mundo

Noticias y notas sobre Miami, US y el mundo

ei

Artículos y ensayos de Emilio Ichikawa

Inicio » Cuba

Un concepto en entredicho

Enviado por en septiembre 4, 2008 – 8:44 am

Por Emilio Ichikawa

Quienes avanzaron el concepto de hombre nuevo le marcaron un origen doble. Lo entendieron como la mezcla de un propósito y una materia prima sobre la que trabajar; una causa material y una causa final, para decirlo como Aristóteles, pero sin prever la intervención de una racionalidad formal en dicha interacción.

Es decir, al hombre nuevo “real” le precede el hombre nuevo como posibilidad; el individuo proclive, factible de “convertirse” (renovarse) en portador de esas características que se han adelantado en el modelo. Guevara mismo lo fija en su referido ensayo epistolar “El Socialismo y el hombre en Cuba” (1965). Esta materia prima (este individuo maleable) es llamada simbólicamente “arcilla”. Y la arcilla fundamental de ese proceso, como también asegura, es “la juventud”.

Es la juventud entonces el objetivo inmediato de esta pedagogía socialista; lo que significa que el hombre nuevo se obtiene por reforma, cuando se trabaja sobre un material heredado de otra sociedad (o adquirido, en los casos de la emigración y el reclutamiento) y por su misma producción, cuando se trata de las generaciones socialistas propiamente dichas; nacidas y educadas en sus límites.

La juventud del hombre nuevo, por demás, se convierte en un fetiche en el marco de la misma propaganda. El hombre nuevo envejece cronológicamente hablando, pero se mantiene joven, incluso impúber en todo lo demás. La sublimación de una juventud “eterna” que trata de manipular a hombres adultos entregados a una pubertad incesante, que solo se hace responsable dentro del proyecto pseudo familiar de la política revolucionaria.

Después de definir la guerrilla en términos de institución generadora de un entusiasmo histórico (un ingrediente esencial del hombre nuevo), Guevara se empeña en periodizar la llegada de Castro al poder y afirma: “Fue la primera época heroica, en la cual se disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber. En nuestro trabajo de educación revolucionaria, volvemos a menudo sobre este tema aleccionador. En la actitud de nuestros combatientes se vislumbra al hombre del futuro.” Esta cita contiene lo que es, curiosamente, uno de los elementos claves de la memoria retórica de este último medio siglo de existencia cubana; citado siempre en broma, a modo de burla, la frase “la satisfacción del deber cumplido” se recuerda invariablemente cada vez que el hombre nuevo en el exilio recibe algún cheque en recompensa por su trabajo. Una de las grandes ironías de la educación socialista.

La heroicidad, el entusiasmo o más bien “el embullo” histórico, es uno de los elementos claves del hombre nuevo porque se relaciona orgánicamente con la “excepcionalidad” biográfica (opuesta a la rutina familiar), una de las coartadas (socio) lógicas que usa el autoritarismo totalitario para actuar impunemente y tener a la sociedad continuamente a punto de experimento.

Cualquiera que haya crecido en el contexto del castrismo podrá recordar que siempre, en cada instante, Cuba ha vivido en un “especial momento histórico”. En nombre esa emergencia, del no poder ser piadosos en una circunstancia que no es puntual sino lineal (en la cuenta castrista “período” significa “eternidad”), se han cometido las mayores aberraciones que conoce la historia cubana; planes genéticos y agrícolas descabellados, guerras sangrientas y pacificaciones escandalosas, castigos crueles y premios rebajadores. Hace poco, repasando el discurso de Castro en torno a la excarcelación de poeta Armando Valladares, se reveló con toda su maldad esta última modalidad del castrismo: la del regalo humillante. Castro libera a Valladares con la condición de que suba y baje el avión caminando. Sobre todo que baje, en Francia, pues en Cuba la gente de a pie no estaba al tanto de lo que pasaba. Lo que cobra Castro es el descrédito del enemigo, la satisfacción del personaje bajo y ruin que no puede pasar junto al cuerpo del retador sin escupirlo. Ese es el hombre nuevo castrista, el de verdad, el mismo Castro: un chantajista.

El hombre nuevo es ambicioso; como todo ser humano, podría decir cualquiera. Pero la natural ambición humana, por sí misma, no alcanza para funcionar como resorte de una sociedad como la castrista: lo peculiar de la ambición del hombre nuevo es que se ejerce sobre el amigo, sobre la familia, contra las mismas cosas de las que finalmente el hombre nuevo se llega a convencer en diferentes grados. El hombre nuevo se ceba incluso contra sí mismo y, en recompensa, es condenado por el propio déspota que ha servido y desmentido por las mismas causas en que creyó. En sociedades de matriz totalitaria todos los vicios y virtudes humanas tienen siempre una diferencia específica que inhabilitan esa excusa recurrente de “como en cualquier lugar del mundo”.

Otra de las frases programáticas de ese documento de Guevara es esta: “En otras oportunidades de nuestra historia se repitió el hecho de la entrega total a la causa revolucionaria. Durante la Crisis de Octubre o en los días del ciclón Flora, vimos actos de valor y sacrificio excepcionales realizados por todo un pueblo. Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico.”

No sé si se trata de una aspiración realizada, de una característica empírica del militante, pero sin dudas representa una de las exigencias básicas de un régimen como el cubano, incluso, después que se registra ese hecho absurdo que es “el exilio del hombre nuevo”; me refiero a la “entrega total a la causa revolucionaria”. En la práctica no se trata de ninguna “causa” sino del sistema de dependencias en que cae el hombre nuevo en la dinámica del tipo de vida socialista. Cualquier intento de salirse de esa trama, o para decirlo positivamente, cualquier intento de experimentar formas de vida en libertad (dentro o fuera de los límites físicos de la sociedad totalitaria) es entendido por los diseñadores de sentido político en términos de traición y en es consecuencia respondido con persecución directa u otras acciones menos tangibles como la intimidación, la degradación moral y el chantaje.

Share